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jueves, 7 de agosto de 2014

Espejo


¡Buenos días!

Al parecer os traigo otra nueva entrada, extraño ¿No? :3 Bueno, esta vez os traigo un texto argumentativo sobre la importancia de la apariencia a ojos de otros, como nos ven los demás, y para qué ha servido durante tantos siglos contentar a los demás seres vivos con tu apariencia.
Fue un texto que tuve que hacer para el instituto, y la verdad es que me salió muy bien y sólo quería compartirlo con vosotros.
Así que, rebuscando un poquito entre la montaña de apuntes que acumulas a final de curso, lo encontré, así que aquí os lo dejo:


Nuestro aspecto, es nuestra marca para venderse a los demás. Desde insectos, mamíferos y aves todos los animales demuestran su potencial como posibles parejas a la hora de la resproducción con su aspecto. Los pavos reales, con sus grandes colas, los ciervos con su cornamenta...Todos ellos muestran en su aspecto marcas para que la hembra sepa cual posee mejores genes y cuales tendrán más posibilidades de sobrevivir.
¿Esto también ocurre en los humanos cuando nos arreglamos y nos exhibimos a los demás?

Pueden tenerse muchas imágenes de algo, no sólo el aspecto de algo o alguien determina como lo vemos, lo recordamos... Nuestro cerebro asocia cualidades a las cosas con las que las recordamos mejor. Una persona que no destaca fisicamente puede ser recordada por su simpatía o su gran generosidad. 
Esto también es una gran ventaja a la hora de "venderte" al mundo y esperar ser "comprado" por alguien al que le atraigan tus cualidades. Al fin y al cabo, todas nuestras cualidades, personalidad y aspecto no son más que factores para la atracción física o sexual. Esta es la fuerza invisible que nos empuja hacía una persona u otra, determinando si será más apto para poder legar sus genes o no.

En los animales esto ocurre de manera natural, ya que ellos no se guían por los sentimientos ni los pensamientos a la hora de encontrar parejas. Los humanos, estamos condicionados por "si nos gusta esa persona o no". En nuestra especia, no es un simple encontronazo para tener descendencia o no, sino que influyen muchos factores.
En nuestro organismo poseemos feromonas, las cuales desprendemos con el sudor, por ejemplo. Estas hormonas afectan a cada persona de manera diferente y nos influyen en la manera que observamos a los demás. Otro factor que influye en como observamos a las personas y nos sentimos más atraídos hacía ellas es la simetría. La simetría en el rostro de una personas nos hace verla de manera más atractiva y por tanto más atrayente.

Por tanto, las maneras en que observamos las cosas vienen condicionadas por muchos factores que distan del aspecto objetivo. Es por ello, que lo que nos condiciona la atracción física, y de la manera que nosotros nos vemos, los demás lo pueden hacer de manera diferente.

Podemos ser un arquetipo de belleza en la sociedad, pero si nuestras feromonas o simetría no le resultan atrayentes a una persona, seremos contemplados de una manera diferente a los demás.
Por tanto, nunca sabremos como nos ven realmente.


A la hora de pasarlo aquí, me he dado cuenta de bastantes fallos, pero quería que fuera fiel a lo que ya escribí en su momento, y por lo tanto quería plasmarlo tal y como era.
Espero que os haya gustado :)
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lunes, 4 de agosto de 2014

Vampiro


¡Feliz Lunes!
¿Que tal estáis? Hacía mucho que no colgaba nada nuevo en el blog, pero bueno, cuando la inspiración se va, se va jeje.
Hoy vengo a dejaros un pequeño relato, una introducción de lo que más adelante puede convertirse en una historia más larga, debido a un pequeño juego que estamos haciendo mis amigos y yo.
Asique bueno, aquí os dejo este pequeño relato ¡Espero que os guste!


Poco a poco la nieve comenzaba a cuajar, mientras mis ruidosas pisadas la hacían crujir por toda la calle. No se trataban de unas pisadas demasiado grandes, parecía más bien que un niño había correteado por allí momentos antes de que yo pasara. Con torpeza, debido a los guantes, saqué las llaves del bolsillo trasero de mi pantalón y me llevó tres intentos hasta que conseguí acertar en la cerradura de mi apartamento.
Me sacudí el montón de nieve que se había acumulado en mi flequillo, la única parte que no se encontraba escondida por el gorro. Pegué dos puntadas con los pies en la entrada para sacudir la nieve que se había reunido en mis suelas, y me saqué el gorro, tirándolo a un lado de la habitación. Revolví un poco mi corta cabellera dorada, adaptándome al calor de la casa, mientras me acercaba a la percha que se encontraba unos pasos más allá de donde había tirado el gorro. Colgué el abrigo, y me miré unos instantes en el espejo. No conseguía adaptarme a mi nueva apariencia, ni a mis nuevas habilidades, ni a nada de lo que era en ese momento. Mis ojos se habían convertido con el paso del tiempo en una nube gris, únicamente perturbada por una pupila ovalada, recordándome a la mirada desafiante de los gatos. Tampoco me acostumbraba a que estos se tiñeran de un color carmesí con el olor de la sangre. Sacudí la cabeza mientras le pegaba un puñetazo al espejo y lo rompía en pedazos. Me quedé atónita; tampoco controlaba demasiado bien la fuerza con la que había vuelto a nacer, y no me gustaba. Sentí como los colmillos se clavaban en mi labio inferior debido a la rabia y a la impotencia que emanaban de mí cada vez que pensaba en aquella noche.
Aquella noche cuando todo cambió.
Volvía de la escuela, tras pasarme tres horas seguidas ensayando para el acto de graduación, cosiendo los trajes y pintando el decorado. Mi casa quedaba bastante lejos del instituto, y acababa de perder el último autobús. No es que fuera una gallina, pero aquella zona por la noche se volvía muy peligrosa, y daba algo de miedo pasearse por allí. Sin embargo, mis padres habían salido a cenar como todas las noches de los viernes, asique agarré la correa de mi mochila y emprendí el viaje. Se oían a los perros ladrar, muy a lo lejos el aullido de los lobos, y el ulular de los búhos por los parques que tenía que atravesar. Sentía que alguien me seguía. Cada poco me volvía para tranquilizarme, y nunca había nadie, hasta que debido a mi paranoia me desvié totalmente del camino. Me asusté, muchísimo. Solo quería salir corriendo, pero si lo hacía, ya no podría volver a casa porque estaría totalmente perdida. Un hombre pasaba por allí, de unos 30 años. Me armé de valor y le pregunté donde quedaba la calle más cercana a la siguiente parada de autobuses. Él me dijo que era peligroso andar a esas horas sola. Se quitó las gafas de sol que llevaba, y lo último que recuerdo son unas grandes cuencas vacías donde deberían haber estado los ojos.
A la mañana siguiente, me desperté en un cementerio, sola, con el cuerpo agarrotado. Y sentí cambios: veía mejor, me movía con mayor agilidad, y mi piel se había vuelto pálida como la nieve. No sabía que me había pasado ni donde estaba. Un rayo de luz atravesaba las espesas nubes que lo ocultaban, y al pasar por allí, sentí como primero mis pies, y más tarde mis piernas ardían. Literalmente, prendieron fuego.
Entonces, el hombre de la anterior noche tiró de mí, y puso un paño sobre las partes afectadas por el Sol, y me dijo que nunca más podría volver a salir a la luz de este.
Que era un vampiro.
De pequeña nunca había creído en seres mitológicos ¿Hombres lobos? ¿Vampiros? ¿Sirenas? Simplemente eran cuentos para no dormir. Pero ahora me había convertido en una de ellos. Tras ello, rechacé mi antiguo nombre y adopte el de Rebecca.
Recogí los trozos de cristal del suelo, y me tumbé en el sofá. Había poco más que un sofá, una estantería repleta de libros, y una cocina en la nunca cocinaba nada, con una nevera vacía. Mi habitación, era lo que antiguamente se trataba de un estudio de revelar fotografías, sin ventana alguna, con solo una cama, en la dormía todo el día. Me levanté, me desmaquillé, y me pegué una ducha. Para cuando salí, vi por la iluminación de las cortinas que estaba amaneciendo, siseé un momento, y me dirigí a la cama. Allí, solo podía pensar en lo monótona que se había convertido mi vida. Varias noches, trabajaba como stripper en un club nocturno, en el cual podía conseguir comida gratis, debido a que su clientela eran desafortunados sin mucha familia.
Nunca me consideré una chica tímida, pero tampoco lo suficiente “fresca” como para acabar trabajando en un sitio de esos. Desde aquel día, dejé de ser una chica dócil y cariñosa, a no sentir nada por nadie, no querer relacionarme con la gente, y convertirme en una persona fría y calculadora. Aunque, cuando pienso en mi familia, aún me arden los ojos.
Observé el trozo de hielo que se encontraba en mi mesilla, ese hielo que nunca se derretía. Con un dedo, toqué la fría superficie y como si de arcilla se tratara, se convirtió en un arco hecho de hielo, un hielo duro como el acero.
Supongo, que lo único que me gustaba de ser vampiro era la capacidad de moldear el hielo a mi gusto.

¿Qué tal? ¿Entretenida? ¿Interesante? Bueno, realmente solo espero que os haya gustado, y que la hayáis disfrutado tanto como yo lo he hecho escribiéndola ^__^

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