Aquí estoy de nuevo
para colgar esa pequeña obra con la que ir arrancando y poder engancharos a mi forma de relatar.Black Rose se ambienta en un mundo ficticio, con personajes ficticios totalmente inventado por mi. Obviamente, como muchas obras, está inspirado en algo que en algún momento vimos u oímos. Mi inspiración fue hace mucho tiempo, una tira de cómic que dibujó mi hermana en el que un chico regalaba una rosa negra a una chica. El tema de esa historia no tiene demasiado que ver con lo que yo escribo, aunque no recuerdo demasiado bien cual era exactamente la historia de esa tira. Pero yo me quedé dándole vueltas, y esta historia salió sola de mi cabeza a mis dedos.
Esta historia no está hecha para que tenga una continuación, sin embargo, siempre pensé en darle un poco más de carne al asunto. De todos modos, sólo es un borrador, que si tiene un mínimo de éxito revisaré mejor y decidiré si está bien tal y como se encuentra ahora.
Bueno, ¡Basta de chachara! Aquí os dejo este corto relato de amor:
Hubo un tiempo, cuando aún los príncipes azules ni las damiselas en apuros existían, otro tipo de símbolo legendario adornaba las tristes vidas de las personas.
Una pequeña y frágil rosa del color del carbón, la cual
denotaba una hermosa belleza que hacía a cada una especial y única.
Pero aquellas pequeñas muestras de cariño ya no se
recuerdan. Nadie se acuerda ya de las historias que contaban las abuelas
antiguamente, sobre la rosa negra que su amado le había regalado como muestra
de su amor. Ya nadie se pincha con ninguna espina de esas rosas, impregnadas
con el hedor de la muerte. Ya nadie siente aprecio hacía aquellas flores tan
bellas.
Es verdad, nadie las echa de menos. Excepto yo, por
supuesto. A lo largo de mi gran existencia, solo recibí dos rosas negras por
parte del mismo hombre. Y no es que fuese algo sencillo, la verdad. No.
Aquellas rosas solo podían ser tocadas una vez por persona. Si ese mismo
humano, osaba poner las manos sobre otra de su misma especie, este moriría por
el veneno que recorría sus espinas. Tan bellas y tan peligrosas.
Fue, claro esta, hace mucho tiempo. No existían ni los
bombones ni los peluches como objetos para regalar. Si no que una simple flor
bastaba para poder convencer a una mujer de casarse con el hombre que le había hecho
el regalo. En aquel entonces, éramos demasiado ingenuas a nuestro pesar.
No existían las ciudades de hoy, si no que vivíamos en pueblecitos de calles estrechas, sin parques ni otros lugares de diversión. Las mujeres simplemente se dedicaban a cuidar de los hijos, y los hombres trabajaban en el campo para poder dar de comer a sus familias.
No se conocía nada más allá de las altas murallas que
rodeaban el pueblo, por lo que nunca antes habíamos visto a alguien como él.
Todo el pueblo se revolucionó con su llegada, como lo hizo
en su día con la mía. Era extravagante y diferente, como yo.
Todos en aquel pueblo tenían el pelo negro o castaño, mientras que sus ojos no pasaban más allá del color avellana. Pero nosotros éramos diferentes. No nos sintonizábamos nada con aquel pueblo tan apagado, con tan poca variedad de colores. Pero a nosotros también nos gustaba lo diferente, nos fascinaba. Él, debía tener unos 18 años. Su pelo dorado era revolucionado por el viento que en su llegada soplaba. Sus ojos, del color de la nieve, dejaban todo pensamiento fuera de lugar, para obligar al cerebro a posarse sobre ellos y prestarles toda la atención.
Y por supuesto, lo que más llamaba la atención era su palidez. En los tiempos que corrían, era raro ver a una persona pálida en el pueblo, y más a un hombre, puesto que siempre estaban trabajando bajo el Sol. Pero él era así, y, por supuesto, lo identifiqué como uno de los míos. Pobre de mí, qué grave error cometí.
En cierto modo, como he dicho antes, era parecido a mí. Yo también
tenía la piel pálida, pero mi cabello era de un color rojo intenso, como el
mismo fuego, y mis ojos se asemejaban al color de una de esas jugosas aceitunas
que había visto a lo largo de mis viajes.
Éramos parecidos en el sentido de que los dos habíamos llegado de otros lugares a aquel pueblo, y teníamos un aspecto diferente a los habitantes del mismo. Cuando le vi, no pude evitar sentir como la euforia se extendía por mi cuerpo, llenándome de una alegría desconocida para mí. Pero pronto todo aquello acabó. ¿Quién me decía que no estaba de paso y que se iba a quedar en aquel pueblo? ¿Quién me podía asegurar que se iba a fijar en mí? Era cierto que resaltaba entre las otras mujeres a causa de mi aspecto, pero a lo mejor aquel individuo no se daba cuenta de que yo era como él. Que éramos Iguales.
Pero aquellos ojos blancos se posaron en mí, como estudiando cada fibra de mi cuerpo, como si pudiesen ver dentro de mi. Como si pudiesen observar mis pensamientos y sentimientos, los que en ese momento estaba sintiendo sin poder remediarlo.
Sus ojos brillaron de expectación, y desvió la mirada para
centrarse en lo que era algo parecido a lo que ahora se podría llamar el
alcalde del pueblo. Tuve la impresión de que no quiso ser descortés, o que tampoco
quería tener demasiado interés en mí por si me metía en algún lío. Por
supuesto, todo aquello eran suposiciones mías. Podría decir incluso que eran
mis imaginaciones.
Todo el mundo se apiñaba a los dos lados de las pequeñas calles, con la esperanza de poder ver o incluso tocar a aquel forastero, que nunca antes habían visto. Yo, como si fuese una de ellos, también salí a la calle a recibirle. Pero era por simple curiosidad. ¿Quien querría meterse en aquel lugar con los tiempos que corrían? Yo por lo menos, quería echar a correr de allí.
Pero era el único lugar que aún no había visitado, y si
volvía a algún pueblo en el que hubiese estado anteriormente, me reconocerían y
me acusarían de bruja. Y como si me hubiese leído la mente, aquel muchacho giró
su cara hacía mí. Tragué saliva, pero no dejé que mi rostro demostrase el miedo
que empezaba a tenerle a aquellos ojos. Y a aquel chico, por supuesto.
-Bienvenido, pequeño extranjero. ¿De donde, si puede saberse, viene usted?-Preguntó el alcalde, un hombre algo robusto y con el rostro repleto de arrugas. Se podía identificar fácilmente que le quedaban pocos años de vida.
Pero él, no apartó la mirada de los oscuros ojos del hombre.
Con un ágil movimiento, bajó la bufanda que ocultaba sus labios, y echó hacía atrás
la capucha que le cubría una parte de la cabeza. Después de ver aquello, pude
asegurar sin ninguna duda que era un chico bastante apuesto. El muchacho
sonrió, mientras le daba la mano que había extendido el alcalde.
-De más allá de las tierras del Norte, donde una guerra…No, una
carnicería se esta produciendo. Ha habido miles de muertos, y toda la población
esta huyendo. Y a mí, que me gusta la tranquilidad, he decidido venir a este
humilde pueblo. ¿Hay sitio para un residente más?
La masa de la calle vitoreó un gran “sí” y aquel chico empezó a reír alegremente.
Pronto todo el mundo comenzó a volver a sus casas, pues el alcalde
acompañaría al chico a algún lugar donde podría pasar la noche. Sin poder
evitarlo, los seguí a través de las calles hasta un edifico más grande que los
demás. Pude oír la conversación que mantuvieron por el camino.
-¿Podría saber tu nombre, muchacho?-Él asintió, aún
sonriente.
-Yukito. Aunque suelen llamarme Yuki-Y su sonrisa se hizo
aún más amplia, cuando le reconocí. Era como si de nuevo me hubiese leído la
mente. Aquel muchacho era uno de los habitantes de los primeros pueblos en los
que estuve.
Efectivamente, no mentía, venía del Norte.
-Y… ¿Tú aspecto es normal en tu tierra?-Preguntó de nuevo el
alcalde, con un interés que no había mostrado al preguntarle su nombre. De
repente, Yukito empezó a ponerse nervioso, y sus manos estrujaron con fuerza la
tela por dentro de la capa.
-Yo…-Pareció recuperar la compostura y volvió a sonreír-.
Claro. Aun que allí es más común el…-Fue entonces, cuando giró la cabeza en mi
dirección. Yo estaba escondida, y estaba segura de que no podía verme, pero por
algún motivo, sabía que yo estaba allí. Entrecerró los ojos y sonrió
pícaramente-…El rojo fuego.
Mi corazón dio un vuelco, dejé de respirar y mis ojos se abrieron más de lo que solía hacer. ¿De verdad se acordaba de mí? Aquella prueba me confirmo que era uno de los nuestros…
-¿Rojo?-Preguntó el hombre, algo extrañado, pero cayendo en
la cuenta-. ¡Ah, claro! Tu debes de venir de la misma tierra que Erika
¿Verdad?-La sonrisa de Yukito se hizo aún más amplia, sabiendo al fin mi
nombre.
-Claro. ¿Era la única mujer de pelo rojo en esta ciudad?
El alcalde asintió, y abrió la puerta del edificio cuando
llegaron, pero Yukito le paró de pronto.
-¿Sabe? Creo que me quedaré en casa de Erika-Me quedé sin
palabras ante aquello ¿En mi casa? ¿Por qué? ¿Quien le había dicho que podía?
Aquello me cayó como un cubo de agua helada, y me puse furiosa-. Es amiga mía,
de la infancia.
Aquello también me dejó fuera de combate ¿Pero cómo se
atrevía a mentir sobre mi relación con él? ¿Y si yo no quería tener ningún
contacto con él?
-¡Oh! ¿En serio? Pues es raro, por que ella estaba entre la
gente que te ha dado la bienvenida al pueblo ¿Será que no os reconoce?-Yukito
meneó la cabeza mientras sonreía.
-Es muy tímida ¿Sabe? Es que cuando éramos pequeños se me
declaró y…-Eso ya era el colmo. El colmo de los colmos ¿Cómo se atrevía a
afirmar que estaba o estuve enamorada de él? ¡Será cretino, arrogante, hipócrita…!
Después de decir todos los insultos y defectos que pude recordar, no lo aguanté
y me encaré a él, más furiosa que una leona que protege a sus cachorros. Salí
de detrás del edifico en el que me ocultaba, casi echando humo por la nariz.
-¡¿QUE YO QUÉ…?!
-¡Oh, Erika!-Me cortó él, después de que yo le fuese a
gritar miles de cosas que en ese momento se me estaban pasando por la mente.
Pero ese pensamiento fue interrumpido por el inesperable abrazo de bienvenida
que me dio. Yo no supe que hacer, así que dejé los brazos en alto.
-¡Qué bien que estés aquí! ¿Me dejarías quedarme en tu casa
unos días? Ya oíste que mi tierra esta siendo arrasada, bueno, nuestra
tierra-Me giró rápidamente, mientras nos alejamos del ayuntamiento y del
patidifuso alcalde que en esos momentos nos contemplaba. Cuando nos hubimos
alejado un poco más del lugar, y él me hubiese soltado una sarta de mentiras
que ni un mentiroso compulsivo hubiese dicho, se dio la vuelta, y luego, me
miró. Una gran sonrisa iluminó su rostro, mientras yo me quedaba atontada ante
la gran calidez de aquella sonrisa.
-Pero tu…. ¿Cómo?-No pude articular otra cosa, puesto que
él, parecía que se estaba riendo en mi cara-. ¿Qué?-Solté, molesta.
-Por fin-Su mirada era penetrante, y volví a sentir esa
sensación de como si pudiera ver dentro de mí. Me estremecí sin quererlo-. Si,
por fin. Por fin te he encontrado.
Sigues siendo igual que cuando te ví hace ocho años.
He pasado por infinidad de tierras y dominios, buscándote,
hasta que al fin he dado contigo, Erika, la mujer de pelo ardiente.
Todo mi cuerpo se paralizó al oír el mote por el que se me conocía en la península por los demás de mi especie. Eso significaba que él también era como yo. No pude otra cosa que mirar al frente, con la mirada perdida, mientras intentaba buscarle algún sentido a que aquel muchacho hubiese venido a por mí….Como, un príncipe azul.
-Cómo… ¿Sabes eso?-Pregunté, con cierto temor e interés en
mi voz.
-Alguien como yo debe saber ciertas cosas-Mientras decía
esto, su sonrisa no dejó de estar presente en su hermoso rostro. Y como si de
un imán se tratase, le pregunté.
-¿Cuantos años tienes?-Automáticamente, me tapé la boca con
las dos manos, y mis mejillas se tiñeron de un color rojo, mientras
experimentaba una sensación que nunca antes había sentido con ningún hombre.
Pero él rió.
-Dieciocho, ¡Ya soy todo un hombre!- Y soltó una gran
carcajada. Más de diez personas se asomaron e intentaron averiguar de donde
había provenido aquel estridente sonido, pero que para mí parecía el canto de
un ángel. Balanceé la cabeza desconcertada. El haber conocido a alguien que era
igual que yo, no me daba derecho a poder dejar que mis sentimientos camparan a
sus anchas. Pero… Tampoco había comprobado que él realmente me entendía.
-Tu…entonces… ¿Lo eres?-Pregunté de nuevo, con cierta timidez.
Pero él me miró con cara de no entender. Al rato, sonrió pícaramente, como
cuando hablaba con el alcalde.
-¿El qué? ¿Virgen?-De nuevo, mis mejillas adquirieron un
tono colorado. Pero en esa ocasión no solo mis pómulos, si no que toda mi cara
se había vuelto roja. Podía sentirlo…Y no era una sensación muy agradable.
-¡No! ¡Por supuesto que no!-Casi grite mientras balanceaba
la cabeza y agitaba las manos delante de mi, para dejar bien recalcado el “No”.
Él soltó una risita entre dientes. Sabía que lo había hecho a propósito.
-¿Entonces?-Me tranquilicé, y me acerqué un poco a su cara,
mientras le susurraba al oído.
-Si, eso…Si eres…como yo…-Tragué saliva. Me costaba mucho
admitir que mi existencia era infinita, y no tenía forma de quitarme esa vida
que de alguna forma se me había otorgado-…Inmortal-Terminé diciendo.
Yukito pareció tensarse al principio, pero luego se relajó y
me sonrió. Rebuscó en sus pantalones alguna cosa, y cuando parecía haberlo
encontrado, me preguntó.
-¿Cuantos años tienes?-Abrí un poco los ojos, al verle que
repetía mi pregunta.
-Dieciséis… ¿Por qué?-Dije, mientras fruncía el ceño con
desconfianza. Él sonrió aún más, y de su pantalón, sacó algo que reconocí muy
bien. Una hermosa flor, que era una muestra de cariño y amor. Una Rosa Negra.
-Para la más bella flor que acaba de florecer en el lecho de
un campo de espinas-Cogió mi mano y me dejó la rosa a la fuerza. Después se dio
la vuelta, y volvió a algún lugar que yo desconocía. Y de repente el miedo se
apoderó de mi cuerpo al pensar en no volver a verle. Pero no pude evitar pensar
“Seguro que vuelve”
En aquel momento, no entendí las palabras que Yukito me había dedicado al darme aquella rosa. Había oído decir que era el símbolo de amor verdadero más importante que un hombre de aquella época le podía dar a una mujer. ¿Sería que…Yukito se había enamorado de mí? ¿Por qué si no habría removido cielo y tierra para volver a verme? Meneé la cabeza, pero no pude evitar sonreír y sonrojarme, mientras me llevaba la hermosa flor a los labios, y sentía el dulce hedor de Yukito.
Yukito sí había cambiado desde la última vez que me crucé
con él. Algunos inmortales seguían cambiando hasta que alcanzaban la madurez de
su aspecto. Mi tiempo se pasó cuando llegué a la edad de 16 años. De todos
modos, ninguno de nosotros sabe cómo fuímos creados, o para qué. Algunos
afirman que somos enviados de los dioses para equlibrar el curso de este mundo.
Para mí, creo que simplemente fuimos almas impuras en otra vida.
Fue después de dos semanas tras su llegada al pueblo, cuando me volví a encontrar con él en la calle del mercado. Fue un encuentro extraño, inolvidable quizá. Pero nunca pude dejar de sentir la felicidad que me recorrió en aquellos momentos. Estaba comprando algo de pan para acompañar la comida, cuando oí una voz que me llamaba. Me volteé, pensando quien podría ser. No me llevaba excesivamente bien con la gente del pueblo, así que nunca me habían llamado en aquel lugar. Pero tenía un presentimiento, de que era alguien importante. Y lo era.
Me encontré a Yukito a varios metros de mí, sonriéndome. Y
yo no pude hacer otra cosa que desviar la mirada, y saludarle con la mano. Se
acercó a mí trotando como un cachorro.
-¿Qué tal, Erika?-Preguntó, como si fuésemos amigos de toda
la vida.
-Esto…Bien-Y, como una tonta, le pregunté lo más absurdo e
incoherente que se me ocurrió, o más bien, que se me pasaba en esos momentos
por la cabeza-. ¿Qué haces aún aquí?
Su sonrisa se desvaneció de pronto, dejando ver por primera
vez su cara completamente seria, sin ningún atisbo de alegría.
-Espero tu respuesta-Dijo sin más. Su tono de voz me
desconcertó, y pensé que a lo mejor había dicho algo malo o había herido sus
sentimientos por alguna razón.
-¿Mi respuesta? ¿A qué?
Su rostro entonces se torno duro, desafiante, y como si de
un momento a otro fuese a perder los papeles.
Me agarró con fuerza por los brazos, y me acusó con toda la intensidad de su mirada. Yo solo pude bajar el rostro, y hacer muecas de dolor ante la fuerza que estaba haciendo.
Me agarró con fuerza por los brazos, y me acusó con toda la intensidad de su mirada. Yo solo pude bajar el rostro, y hacer muecas de dolor ante la fuerza que estaba haciendo.
-¿Cómo que a qué? ¡¿Cómo que a qué?!-Gritó, furioso. Yo le
miré con terror-. ¡¿Acaso no te di una Rosa?!
-Yuki…to. Me haces…daño…-Pude decir, mientras mi brazo
empezaba a quedarse blanco ante la presión que hacían sus manos. Y fue, como si
despertase de un trance. Me soltó, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Primero
se miró las manos, y luego me observó a mí.
Yo también tenía los ojos húmedos, y me agarraba el brazo
para intentar calmar un poco el dolor. Me miró con horror, y me abrazó con
delicadeza, como si me fuese a romper.
-Lo siento-Susurró, mientras su aliento acariciaba mi
oreja-. De verdad que lo siento…No pretendía…-Le corté. Me separé de él, al
fin, comprendiendo que era a lo que se refería con aquello de la respuesta. No
quería pasar el resto de mi eternidad atada a un solo hombre… Sería doloroso
para los dos todo aquello. Y lo quise cortar de raíz.
-Yukito…-Le miré a los ojos. Sus ojos del color de la nieve,
volvieron a ver dentro de mí, y por eso denotaron una expresión de horror que
hizo que mi corazón se encogiese-. No puedo…aceptar lo que me estas
ofreciendo…Sería…doloroso…
Pero el meneó la cabeza, y volvió a abrazarme, esta vez con
más fuerza, como queriendo que no me fuese de su lado. Aquello me halagaba, y a
la vez me sentía a gusto en sus brazos. Pero no podía permitirme enamorarme de
él.
-Te quiero…-Volvió a susurrarme-. He recorrido todo este
largo camino solo para encontrarte. Me robaste el corazón la primera vez que te
vi…Y ahora quiero que lo conserves-Apreté los dientes y las manos, mientras
contenía mis sentimientos de nuevo.
Cerré los ojos, y disfruté del contacto. Estuve tentada a
estrecharle entre mis brazos también, pero me contuve. Le aparté de un empujón,
y salí corriendo, envolviendo a mi corazón con cadenas para que no pudiese
sentir nada especial hacía Yukito.
Volví la vista, y vi como su pelo empezaba a mojarse por la lluvia que caía en esos momentos. Su rostro, tan triste, hizo que mi corazón quisiese salir de esas cadenas, y que mis pies desanduvieran lo que había recorrido. Pero una vez más, me retuve a mi misma.
Para una persona como nosotros, que vive eternamente,
enlazarse a otra de su misma especie supone en la mayoría de las ocasiones un
sufrimiento. Solo podrás estar con esa persona, sin opción a nada más porque
ella es como tu, y solo os teneís a vosotros en el mundo. No puedes hacer
planes de futuro, ya que nunca envejecereís y morireís.
Las horas pasaron despacio en la pequeña cabaña que tenía
como hogar. Estaba arrodillada en un rincón de la misma, intentando calmar
todos los sentimientos que fluían por mi cuerpo. Pero un estridente sonido me
sobresaltó. Alcé la mirada, pero todo estaba oscuro, a causa de la tormenta que
había cubierto el cielo. De nuevo, escuché ese mismo sonido. Era la puerta.
Alguien la golpeaba sin fuerza.
Me levanté despacio, y abrí con cuidado. Y lo que vi, me
dejó helada, sin aliento, horrorizada. Da igual como lo quisiera llamar, lo
único en lo que podía pensar era en la imagen moribunda de Yukito, que estaba
tendido en el suelo, todo mojado.
Me arrodillé, mientras dos lágrimas me traicionaban y recorrían mis mejillas.
-¿Yukito?-El sonrió, mientras alzaba una mano temblorosa y
me acariciaba la cara. Y con la otra mano, sacaba del bolsillo, algo que no
debería haber sido posible. Parecía un sueño, o más bien una pesadilla, que en
sus manos estuviera de nuevo, otra Rosa Negra.
Pero aquello, significaba también su muerte. Pude ver como
sus dedos sangraban a causa de las espinas de la rosa. La cogí, mientras
temblaba a causa del miedo y el frío. La vida de Yukito se escapaba poco a poco
a causa de aquella rosa. Y fue entonces cuando mi cerebro captó algo. Algo que
allí no terminaba de encajar. Fruncí el ceño, mientras más lágrimas recorrían
mi rostro.
-Tu… no eras… ¿Cómo yo?-Su sonrisa se hizo aún más amplia,
pero no contestó a mi pregunta.
-Sabía…que podrías coger…otra Rosa…Esta es una muestra…de el
intenso amor… que siento hacía ti…-Se
agarró a mi hombro, y con delicadeza, bajo mi cabeza hasta que nuestros labios
se tocaron. Fue un beso breve, pero dulce, colmado de cariño.
-Hasta…la vista…Erika…-Susurró, mientras dejaba caer su
mano, y sus ojos se iban cerrando. Se me acababa el tiempo. Me había mentido,
no era como yo. Era un simple humano que había sufrido la maldición de
enamorarse de una inmortal. Miles de lágrimas recorrieron mi rostro a una
velocidad vertiginosa, mientras observaba como sus preciosos ojos blancos se
iban cerrando.
-Yukito…Yukito…-Susurré-. Te quiero…-Él sonrió, por última
vez, mientras me daba un apretón cariñoso en la mano. Luego, no se movió más.
Sus ojos no se volvieron a abrir, sus manos no me volvieron a tocar…. Yukito
había muerto.
Pero para mi era demasiado tarde, me había enamorado completamente de él también. Me apoyé en su pecho, y no se cuanto tiempo me pasé llorando con fuerza, rogándole a los cielos, o a los dioses si es que me estaban viendo, que me lo devolviesen. Pero nadie contestó a mi plegaria. Y a Yukito le enterré cerca de un jardín de Rosas Negras.
Pasaron varios siglos tras eso, y yo seguía teniendo el
mismo aspecto de una chica de 16 años. En esta época, existían ya las ciudades
abarrotadas de gente que iban y venían del trabajo, que en estos tiempos tenían
varias especialidades.
Mi casa, era un gran apartamento a diferencia de el lugar de
la muerte de un ser amado. Y, entre frío y comida, conservaba las dos Rosas
Negras que Yukito me había entregado, congeladas. Gracias a eso no se habían
marchitado a pesar de los muchos de los años que habían pasado. Y tampoco es
que pudiese ver demasiadas a diario. Solo en pintura o fotos retocadas a
ordenador. Ese era el único recuerdo que quedaba de las Rosas Negras.
Y ahora estaba caminando por la calle, en hora punta,
abarrotada de gente que llegaba tarde al trabajo.
Pero yo, simplemente, caminaba para airearme un poco, para poder olvidar las miles de pesadillas que tenía desde aquel fatídico día. Fue entonces, cuando una voz me llamó a mis espaldas. Me sorprendí, pues hacía poco que me había mudado a aquella ciudad, y no había tenido oportunidad de entablar amistad con alguien. En realidad, nunca lo hacía, por que no quería tomarle mucho cariño a esa persona. Una punzada de dolor atravesó mi corazón al recordar que una vez, solo una vez, había roto aquella norma. Pero no me entretuve demasiado en mis pensamientos. Me giré lentamente para encarar a la persona que me había llamado, y lo que vi, me dejó petrificada. El bolso se me cayó de las manos, y estas fueron a parar a mi boca, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Sin poder creérmelo, me fijé en dos puntos importantes. El primero, era aquel sonriente muchacho de pelo dorado, con una sonrisa que conocía mucho, demasiado. Sus ojos del color de la nieve, me miraban maravillados, y expectantes, mientras que también pude observar que estaban húmedos de la emoción. El Segundo punto importante, fue lo que me ofrecía entre las manos. Una flor del color del carbón, idéntica a dos que tenía escondidas en lo más profundo del frigorífico, y que él mismo me había entregado.
Pero yo, simplemente, caminaba para airearme un poco, para poder olvidar las miles de pesadillas que tenía desde aquel fatídico día. Fue entonces, cuando una voz me llamó a mis espaldas. Me sorprendí, pues hacía poco que me había mudado a aquella ciudad, y no había tenido oportunidad de entablar amistad con alguien. En realidad, nunca lo hacía, por que no quería tomarle mucho cariño a esa persona. Una punzada de dolor atravesó mi corazón al recordar que una vez, solo una vez, había roto aquella norma. Pero no me entretuve demasiado en mis pensamientos. Me giré lentamente para encarar a la persona que me había llamado, y lo que vi, me dejó petrificada. El bolso se me cayó de las manos, y estas fueron a parar a mi boca, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Sin poder creérmelo, me fijé en dos puntos importantes. El primero, era aquel sonriente muchacho de pelo dorado, con una sonrisa que conocía mucho, demasiado. Sus ojos del color de la nieve, me miraban maravillados, y expectantes, mientras que también pude observar que estaban húmedos de la emoción. El Segundo punto importante, fue lo que me ofrecía entre las manos. Una flor del color del carbón, idéntica a dos que tenía escondidas en lo más profundo del frigorífico, y que él mismo me había entregado.
-Yukito…-Susurré, aún, sin poder creérmelo-.
Estas…vivo…Pero, ¿Cómo?-Pero su sonrisa simplemente se ensanchó aún más. Con
cuidado se acercó a mí, y me colocó la rosa detrás de mi oreja. Disfruté del
contacto, que tantos años atrás había sentido, y no me lo había podido quitar
de la cabeza. Recordaba perfectamente las facciones de su cara, su sonrisa, sus
cálidas manos, hasta su voz.
-Feliz Cumpleaños, Erika-Su voz sonó dulce, y yo solo pude
echarme a llorar.
Por haberle vuelto a recuperar, por que supiese mi cumpleaños cuando yo nunca se lo había dicho, porque me volvió a entregar una Rosa Negra, a pesar de que se habían extinguido, como muestra de su amor.
-Pero… ¿Cómo puedes estar vivo?-Le pregunté entre lágrimas.
Él cerró los ojos.
-No sé cuantos días vagué solo en la inmensa oscuridad,
deseando poder verte de nuevo. Pero, como si de un milagro se tratase, oí la
voz de alguien y…Aparecí aquí, con una Rosa en la mano, y tu enfrente mía.
Aquella voz me había dado otra oportunidad, y me había mostrado el día de tu
cumpleaños- Sonrió y abrió los ojos, mirándome con dulzura.
-¿Y?-Sabía, por experiencia, que había una pega.
-Y…-Completó él, mientras me abrazaba y me daba un dulce
beso en los labios-. Ahora soy como tú, esta vez sí. Soy inmortal.
Espero que os haya gustado. Es un relato un poco largo para ser un mini-relato(ocupa unas siete paginas de Word) Pero es una historia a la que le tengo mucho cariño, y lleva mucho tiempo olvidada, y quería compartirla con aquellos que quieran leerla.
Faltas de ortografía, tildes, expresión... espero que todas esas cosas no estén demasiado palpables en el texto, y si encontráis, me disculpo de antemano ya que antes de subirlo lo había revisado.
Si gusta, espero subir la versión de la tira de mi hermana.









No hay comentarios:
Publicar un comentario