¡Muy buenos días!
Aquí vuelvo para colgar otra pequeña historia, también de hace bastante tiempo. En esta ocasión, esta pequeña historia iba a ser enviada a un concurso de escritura (De hecho, creo que se llegó a enviar) pero como veis, no llegó a mucho más.
Es el comienzo de una historia que aún pienso cómo seguir, o que enlazar con ella, pero que aún no consigo encontrarle una continuación adecuada.
Como viréis, a diferencia de la anterior, en esta se quedan muchas cosas en el tintero, y no explica del todo bien cada punto mencionado.
Las palabras que viréis, son de origen japonés, las cuales busqué su significado hace mucho tiempo, y como me gustaron, la añadí. Si tenéis curiosidad solo debéis que buscar el google su significado.
En fin, voy a dejarme de cháchara, y aquí os cuelgo el siguiente relato corto, un poco más extenso que el anterior, pero que espero que os guste.
Unos fríos pies hicieron crujir la nieve bajo un ligero
peso, haciendo que su sonido retumbase por todo el claro. Aquel campo que antes
había estado impregnado con la fragancia de las rosas y cada rincón había
estado lleno de vida, se había convertido en un hervidero de sangre, frío y
cruel, en el que solo se podía distinguir el hedor de la muerte.
Unas pequeñas manos pálidas como aquella nieve rozaron los
pies con las uñas. Casi no se podían distinguir entre aquella nieve pura e
inmaculada, pues su color de piel se fundía con el del hielo que pisaba.
Odette alzó la cabeza, con tal gracia que pareció ser un
paso de baile. Estaba temblando. La única ropa que llevaba era un camisón tan
blanco como el paraje en el que se encontraba. Tenía los rasgos finos y
delicados, como los de una menuda niña pequeña. Los brazos que asomaban por
los tirantes del vestido estaban llenos de heridas, líneas que aún sangraban y
cicatrices. Al igual que las piernas, a las cuales se les sumaban numerosos
moretones.
Su rostro estaba cubierto por largos mechones castaños,
alborotados y desaliñados, los cuales tapaban los numerosos arañazos que se
extendían por toda su cara. Su pelo, caía en cascada hasta el pecho, haciendo
ver que muchos mechones eran más largos que otros.
De su espalda, sobresalían unas grandes articulaciones pringosas,
huesudas, y llenas de sangre, cubiertas por plumas. Aquellas “Alas” podían
hacerla elevarse varios centímetros del suelo.
Odette volvió a caminar entre aquella nieve, sin otra guía
que una estrella azul que se clavaba en el firmamento, hermosa y a la vez terrorífica.
Desprendía un calor fantasmagórico, que era el que hacia que Odette aún siguiese
con vida, a pesar de ser una Datenshi.
Pronto, los pies de Odette empezaron a pisar algo más cálido, que no era sólido…si no líquido. La muchacha miró hacía abajo, y vio que se había manchado los pies con algo rojo. Intentó limpiárselos, pero en aquel mundo sus manos los traspasaban, así que se rindió en el intento. Sin embargo, le sorprendió enormemente que aquel extraño líquido escarlata se pegara a tobillos…mientras que ella no podía ni tocarlos.
Cuando alzó la vista, para volverla a clavar en la estrella,
se dio cuenta de los innumerables cadáveres que se extendían desde su posición.
Algunos mutilados, otros degollados, pero la mayoría desmembrados. También
había otros que parecían haber caído desde muy alto, para luego morir por la
lanza que los había atravesado a varios metros del suelo. Estaban empalados.
La sangre aún brotaba de sus estómagos, pechos, cabezas…Olía
a carne quemada y a metal. Parecía que aquello había tenido lugar no hacía
mucho tiempo.
Odette no hizo una
mueca de asco al ver aquel panorama, ni si quiera sintió pena por las miles de
vidas que se habían perdido allí. Sus sentimientos habían desaparecido en la
conversión, y ahora vagaba sola por aquel extraño paraje sin fin, en busca de
un lugar donde pudiese encajar.
Notó que algo le agarraba el tobillo, soltó un respingo, y
sus orbes verdes desviaron la vista hacía abajo, donde un hombre bañado en
sangre la aferraba con una mano a la que le faltaban dos dedos. El corazón y el
meñique.
Observó el cuerpo sin pestañear ante el dolor que estaría
sufriendo aquel hombre. Le faltaban la pierna y el brazo izquierdos; parecía
que habían sido arrancados por el mordisco de un oso. En cambio, los dedos
parecían haber sido cortados limpiamente, sin suponerle un obstaculo por el hueso que
debería de haber estado bajo la piel.
El hombre alzó la cabeza a duras penas, pues tenía un gran
corte en el cuello que sangraba a una velocidad vertiginosa, o eso creía
Odette, ya que la mano empezaba a aflojar su agarre.
Al guerrero también le faltaba un ojo. Una cuenca llena de
sangre era lo único que habitaba bajo su párpado derecho. Con mucho esfuerzo,
el hombre consiguió abrir los labios, del que salió una pequeña cucaracha
manchada en sangre. Su lengua había sido agujereada por agujas, las cuales aún
conservaba clavadas.
Odette solo hizo una mueca de asco al ver salir al insecto,
pero luego se sustituyó por una expresión de sorpresa, al darse cuenta de que
la mano del hombre no traspasaba su tobillo. Al igual que la sangre que bañaba
todo el prado sepulcrado por la nieve.
-A...du…-Empezó el hombre. No pronunciaba bien por culpa de
las agujas, pero la muchacha se imaginaba lo que iba a pedirle. Odette perdió
todo interés por aquel ser e intentó zafarse de su agarre, pero,
sorprendentemente, no pudo. La fuerza del guerrero había vuelto como si le
estuviese dando ánimos a vivir.
-Adu…da…l…-No terminó la palabra, vomitó un buen charco de
sangre sobre los pies de la chica, y dejó caer la mano, liberando así a Odette
de su prisión. La muchacha no pestañeó cuando dirigió sus verdes ojos hacía el
cadáver. En un determinado momento, le invadió la pena, el asco, la melancolía,
el dolor y el sufrimiento por aquella persona, pero todas esas sensaciones
desaparecieron tan rápido como un pestañeo.
El alma humana que antes había habitado en aquel cuerpo se
resistía a desaparecer sin luchar, pero la Datenshi que ahora era, no iba a
dejar que la Odette humana volviese. Sin embargo, su parte humana luchó durante
un instante, haciendo que su cuerpo se inclinase sobre el cadáver y le limpiase
la sangre de la boca. Pero, como era de suponer, atravesó la cara del muchacho.
No debía de tener más de 19 años, pobre chico. Muerto tan
joven. Tenía el pelo plateado, y daba todas las señales de ser suave y sedoso.
Y aquel ojo que la había mirado con suplica, tenía el color de un azul claro
grisáceo. Era apuesto, fue lo último que pensó Odette como humana. Durante los
instantes en que ella había vuelto a tener sentimientos, sus ojos habían
brillado con una luz verdosa, pero ahora que el alma de la Datenshi se había
apoderado una vez más de la muchacha, aquel brillo se había apagado.
De nuevo, Odette alzó la cabeza, firmemente derecha, y se
dispuso a seguir la trayectoria de aquella estrella que tanto terror y tanta
belleza daba a aquel entorno blanco, que había sido bañado por el olor de la
sangre.
Siguió caminando durante horas. Parecía que aquel inhóspito
lugar no daba señales de acabarse. Se encontraba en ninguna parte. Todo era
nieve, y más nieve, un prado liso lleno de fría nieve. Temblaba, fuertes
sacudidas azotaban su cuerpo, pero ella no se rendía en la hazaña de alcanzar
aquella estrella, que parecía tan cálida.
A cada paso, parecía estar enormemente cerca del astro. Miró
hacía arriba, y lo encontró sobre su cabeza, tan esplendido y tan brillante.
Tan cálido y tan frío a la vez. No lo dudó más.
Alzó una mano, asegurándose de que no atravesaba la
estrella, y la agarró con todas sus fuerzas, haciendo que entrase en algún
lugar negro, en la Nada. Miles de imágenes de la vida de Odette cuando estaba
viva pasaron volando a su lado. No se detuvo a mirar siquiera el día en que su
novio la regaló un anillo de compromiso, para que estuviesen por siempre
juntos. Ni siquiera lloró al recordar la trágica muerte de sus padres cuando
tuvieron aquel accidente de avión. Nada quedaba ya de la Odette humana.
“No es que un horrible monstruo me halla devorado” Pensó
Odette, para si misma, consciente de que los sentimientos que esperaba recibir
no afloraban en ella “Es simplemente que la transformación en una Datenshi
tiene como requisito no poder sentir nada, salvo el odio y el rencor hacía otra
gente”
Odette cerró los ojos y bajó la cabeza para tocar sus frías
manos, las cuales había posado sobre la parte superior del pecho. A diferencia
de muchos Datenshi, Odette tenía plena conciencia de que nunca más podría amar
a nadie, y de que seguía siendo ella misma, solo que el rencor que albergaba en
su interior, era tal al morir, que no pudo convertirte en una Tenshi.
Se entretuvo soplando sus manos con un cálido aliento, a
sabiendas de que no serviría de nada. Pero al menos, estaría entretenida hasta
que pasasen todas las imágenes. Pronto, demasiado que la extrañó, oyó sus gritos
y los rugidos de su amado. Supo que la imagen de su muerte estaba pasando mas
lentamente a su lado, intentando hacerla daño. Pero ella sabia que no podía
sentir tristeza ante aquella situación.
“¿Seguro? Es posible que lo único que quieras sea engañarte
a ti misma”
Aquella vocecilla se parecía mucho a la suya propia, por lo
que Odette respiró hondo y decidió encararla, demostrándola que aquella visión
no iba a hacerla más daño. No ahora que por fin se había librado de muchos
sentimientos dañinos. Alzó la cabeza, aún con los ojos cerrados, y cuando oyó
“el ruido”, un ruido que nunca olvidaría fácilmente, abrió los ojos.
Ante ella, como si estuviese en un cine, se mostraba un
escenario negro y rojo. Pronto los detalles fueron adquiriendo claridad, hasta
que ya no se veía difuminado, si no bien claro, como si estuviese en aquel
lugar, en ese mismo instante. El bosque era tal y como lo recordaba aquella
noche Odette. Frío y solitario, sin mas compañía que la noche. El coche estaba
destrozado a un lado por la gran caída, y habían salido a duras penas de allí.
Odette tenía las mismas heridas que presentaba ahora mismo, solo que las de la visión
sangraban demasiado. Eltrio, su compañero, tenía una gran herida en la cabeza,
la cual si seguía de aquel modo, no tardaría en matar al muchacho.
Odette estaba desesperada buscando una solución, por lo que
no se dio cuenta de que alguien se acercaba a Eltrio y se lo llevaba a las
profundidades el bosque.
Una punzada de dolor asaltó el pecho de la muchacha cuando
descubrió lo estúpida que había sido al dejar desatendido a Eltrio.
La Odette de la visión se puso histérica al ver que no
estaba, y cuando detectó el rastro de sangre, salió corriendo tras el, con la
esperanza de que ningún animal se lo hubiese llevado… y Eltrio siguiera con
vida.
Más lo que se encontró en el claro del bosque, no fue a un
animal. Una persona se alzaba por encima del cadáver de Eltrio, con las manos y
la boca llenas de sangre.
Pero la visión era distinta a como la recordaba Odette. Lo
que había visto en el claro no había sido a una mujer, si no a un hombre, con
unas pequeñas alas de unos, con las plumas blancas. Pero aquella mujer,
presentaba las plumas negras, y cuando se giró, para encarar a la Odette
aterrada que estaba detrás de los arbustos, se dio cuenta de que tenía su mismo
rostro.
-¡NO!
El grito retumbó por toda la habitación, haciendo vibrar
todos los cristales que había en la estancia. Odette respiró hondo e intentó
controlar su respiración acelerada. Abrió los ojos despacio, para encontrarse
tumbada en una mullida cama, lo cual se agradecía después de todo lo que había
tenido que andar. Se incorporó cuando hubo comprobado que se hallaba donde ella
quería. Era exactamente como había visto en su visión después de la muerte. La
Sede Central de los Datenshi.
Suspiró. Posó sus gráciles manos sobre la colcha de aquella
cama casi inexistente y se levantó, mientras probaba sus pequeñas alas negras, recién
nacidas.
La elevaron unos poquísimos metros del suelo, para luego
dejarla caer con brusquedad sobre el liso suelo blanco.
Se paró a observar todo lo que había en aquella habitación.
Todo era blanco, como si se tratase de un hospital o algo parecido al mundo
humano. Estaba llena de estanterías de cristal, con figuritas de animales y
cosas indescifrables igualmente hechas de cristal.
Dentro de aquellas pequeñas formas extrañas y translúcidas,
una pequeña bola de energía, que refulgía en algunas ocasiones con distintos
destellos hacía que aquella figurilla hecha de un frágil cristal pareciese estar
viva.
Se acercó con cuidado a una de las estanterías que tenía a
su derecha. Inmóvil, observó con detenimiento la figurilla de una especie de
caballo alado, huesudo. Intentando imitar a un dios de la muerte. También
contempló que la bola de energía que había dentro de ella era de un color
escarlata, queriendo representar la sangre que brotaba por las víctimas de la
guerra.
Y, como si hubiese estado planeado, la visión de aquel campo
nevado lleno de un montón de gente muerta en extrañas circunstancias le vino a
la cabeza, para acabar con la mirada de súplica y dolor de aquel muchacho.
Volvió a suspirar, y se dio la vuelta para encarar a la estantería que estaba
justamente detrás, para comprobar también, con sorpresa, que la cama había
desaparecido.
No se entretuvo demasiado en aquel detalle, pues desde que
había llegado allí no habían parado de sucederle cosas extrañas.
En la primera figurita que reparó, fue en una con forma de
muchacha, o más bien de Tenshi, gracias a las grandes y radiantes alas que
asomaban a su espalda. También le llamó la atención el cálido y a la vez frío
resplandor de aquella extraña criatura. Porque, a pesar de sus pocos
conocimientos sobre el cristal, sabía que ese cristal debía estar vivo, al irradiar
tal calidez. Alzó un dedo, con intención de tocarle el rostro a aquella
muñequita de cristal. Tenía la cara bañada en lágrimas, y parecía que la miraba
con una triste sonrisa, mientras sus manos quedaban unidas por fuertes cadenas.
Se pequeña bola de energía, era casi diminuta, y bailoteaba por todo su cuerpo
con un color celeste.
Cuando estaba a punto de alcanzar uno de los mechones de
pelo que habían sido creados a bastantes centímetros de su cuerpo, una fuerte
mano temblorosa paró la suya.
Giró la cabeza, para saber quien era la persona que había
parado su curiosidad. Se sentía sumamente frustrada por aquello, y no tenía
intención de que el culpable se fuese de rositas.
Pero el rostro que halló al toparse con unos ojos azules
como el cielo, estaba lleno de arrugas, al igual que la mano que la había
parado. Sus ojos la miraban con expresión triste y melancólica.
Una gran coleta se alzaba por encima de la cabeza del
extraño, para terminar por la altura de sus tobillos. Era un anciano, que en un
tiempo lejano, había prometido ser un gran muchacho apuesto y de honor
inquebrantable. Odette se zafó de su agarre con brusquedad y se agarró la
muñeca, fingiendo repugnancia. Pero su gran visitante, simplemente sonrió,
surcando aún más su rostro de arrugas.
-¿Tendría el placer de iluminarme con su nombre?-Preguntó,
con una melodiosa voz, que cautivaba a la más salvaje de las bestias. Odette le
miró con desconfianza, mientras le examinaba de arriba a bajo. La única ropa
que llevaba, era una larga túnica de color carmesí.
-¿Por qué debería?-Le respondió Odette con otra pregunta. El
anciano volvió a reír, y giró a la izquierda de la muchacha, para avanzar a la
siguiente estantería y reparar en unas figuritas del Zodiaco Chino. Pero no
estaban todas. Faltaba el ratón.
Alzó la cabeza con gran esmero, igual que Odette hacía y
subió uno de sus brazos huesudos, mientras le temblaba ligeramente, y agarró la
figurita de un ratón, que refulgía con un color rojo, igual que el caballo
alado que había contemplado Odette momentos antes.
Buscó entonces, al jabalí con la mirada, y depositó al ratón
a su lado. Inmediatamente, el color de aquella figurita pasó del rojo, a un
azul celeste, igual que el del ángel.
Odette observó con
admiración, como el color del ratón cambiaba súbitamente a otro más
afable.
En aquel momento, comprobó que efectivamente, aquellas
“criaturas” estaban vivas, sentían, pero, por algún motivo, estaban allí
escondidas.
Odette y el anciano se quedaron durante unos instantes en
silencio, viendo como la energía de los cristales fluía y cambiaba, adaptándose
a la forma en la que estaban encerrados, o simplemente bailando por distintos
puntos de la figura.
La muchacha estaba maravillada, mientras que el anciano parecía
estar más que acostumbrado a aquellas formas de vida.
-Estos-Habló por primera vez el hombre, mientras señalaba a
las figuritas que tenían un resplandor cálido y afable-. Se llaman Megami.
Y, como si les hubiese llamado, las figuritas resplandecieron
con placer. El anciano sonrió, y se volvió a la estantería que tenían detrás,
la primera que había observado Odette.
-Y esos-Dijo señalando a todos los que desprendían un color
escarlata, y hacían estremecerte ante su resplandor-. Son los Shinigamis.
Aquellas, no resplandecieron. Parecían estar presas por el
odio y el rencor que encerraban en los más profundo de su ser…Si es que acaso
tenían. El viejo suspiró, y encaró a Odette con una mirada llena de serenidad.
La muchacha aguantó su mirada durante varios segundos, para luego desviarla
ante los fríos zafiros que colmaban los ojos del anciano.
-Odette ¿Eh?
-¿Cómo…?-Preguntó la muchacha, sorprendida de que con solo
mirarla a los ojos, pudiese adivinar en ellos la palabra que la identificaba.
-Mi nombre es León-Sonrió-. Por si te interesaba.
La muchacha fijó la vista en unas pequeñas alas negras, de
no más de 20 centímetros de alto, que parecían estar suspendidas por encima de
la túnica, sin llegar ha hacer contacto con la piel del hombre. Pero al
parpadeo siguiente, aquellas alas habían desaparecido. Odette agitó la cabeza
con furia, intentando que su mente se concentrase solo en lo que estaba viendo,
y en el único objetivo que había en su mente.
-Esto…-Dudó, sobre si preguntar o guardarse aquella duda.
Pero la mirada de León, hizo que se decidiese-. ¿Es verdad que el cristal está
vivo?
El anciano asintió, mientras rozaba con la punta de los
dedos a una figura de extraña forma cerca del caballo alado, que podría
asemejarse a un dragón.
-Aquí, en la dimensión entre los dos mundos, todo cuanto
creamos los Datenshi es bendecido con la vida…
Dejó la frase en el aire, para que Odette entendiera, que
tenía letra pequeña.
-O maldecido-Terminó, mientras León la volvía a mirar y le
dedicaba una grata sonrisa.
Le cogió la mano, mientras alzaba la otra y, en frente de
él, aparecía un agujero de colores cambiantes, capaz de hipnotizar hasta el más
diestro Datenshi.
-Sígueme-Dijo, mientras tiraba de la mano de Odette, a la
cual no le dio tiempo a responder, ni siquiera a pensar o soltar un grito de
asombro.
Dentro de aquel “portal” todo estaba oscuro, todo era negro.
Sin embargo, Odette podía verse así misma sin problemas, y a su acompañante,
que silbaba tranquilo a su lado.
-¿Qué es esto?-Preguntó. Él dejó de silbar y se mantuvo en
silencio unos segundos.
-El cruce de puertas en la sede. Es la única manera de
desplazarse por el edificio.
Entonces, Odette entendió porque en aquella habitación no
había nada más que estanterías de cristal, con figuras extrañas, y no tan
extrañas hechas con el mismo material. Ni siquiera había una ventana o una
puerta. Incluso la cama había desaparecido.
-¿Y adónde vamos?-Una pequeña risita salió de los más profundo
del pecho de León.
-Haces demasiadas preguntas, chiquilla.
Odette se encogió de hombros.
-Soy curiosa-El anciano la miró de reojo, y una sonrisa
pícara asomó por sus labios. Sin embargo, se asemejaba más a una mueca de
amargura.
-Hay cosas que es mejor no saber, créeme.
La muchacha no dijo nada. Simplemente esperó a que pasara lo
que tendría que pasar, en aquella oscuridad absoluta, en la que no sucedía
nada. Tampoco soltó la mano del anciano.
Él no le había advertido nada, pero en lo más profundo de su
corazón helado, sin sentimientos aparentes, algo le decía que no debía hacerlo.
Que si incluso se le ocurría, podía suceder algo terrible.
De nuevo, después de un rato de silencio absoluto, León
volvió a alzar la mano libre, y abrió otro portal semejante al de antes, lleno
de colores cambiantes, que bailaban en la más absoluta nada.
“Aquí todo se reduce a NADA”-Se dijo Odette para sí misma,
mientras León la arrastraba literalmente al interior de aquel agujero.
La estancia en la que aparecieron, era enorme, con una gran bóveda
poblada de vidrieras en lo más alto. Su interior era parecido al de una
catedral gótica, con el único inconveniente que estaba vacía, literalmente.
Solo había una gran estatua. Una figura con dos alas enormes
que rodeaban a algo…o a alguien.
En la gran estancia, también se encontraba un muchacho
bastante joven. De 19 años, pudo apreciar Odette entrecerrando los ojos. Se
encontraba muy alejado de ella y León, escondido entre las sombras del lugar.
Un horrible frío tétrico y melancólico recorrió el edificio cuando, de un
plumazo, León se arrodilló como pudo, y se desvaneció tan de repente como había
aparecido ante Odette.
“Así que eso es lo que hacía” Pensó ella “Llevarme hasta…Un Cazador
de Datenshi”
Contempló, como los ropajes y la gran espada que se
encontraba a la espalda del muchacho se iluminaban al tiempo que él salía a
luz, dejando ver que, efectivamente, era un cazador.
-Me ha condenado-Susurró para sí misma-. Maldito viejo
decrepito.
Se arrodilló ante el cazador, haciéndole ver que no se iba
resistir y que esperaría la desaparición con alegría.
Más él, no hizo movimiento alguno. Se paró justo delante de
ella, la levantó con brusquedad, y la miró a los ojos. Los suyos eran de un
azul grisáceo, de una enorme belleza. Su pelo, plateado, le ocultaba el ojo
derecho. Odette abrió los ojos desmesuradamente al reconocerle.
-Seré tu maestro a partir de ahora, Ángel Negro de rango Z-
Habló con claridad, con una nota de repugnancia en su voz.
Pero la muchacha solo podía pensar…en que aquel era el muchacho que había visto
en el claro. ¿Era una visión? ¿Habría sido producto de su imaginación, o la
habría fabricado él mismo?
El tobillo que supuestamente él le había agarrado con una
fuerza sobrehumana en un estado así, empezó a arderle.
¡Bueno! Espero que os haya gustado este pequeño fragmento. Es un poco gore, supongo que por eso no llegó a nada en ese concurso u.u
Como el anterior, lo revisé antes de colgarlo. Tuve que cambiar varias cosas, porque hacía al menos tres años que lo escribí, y había expresiones muy mal hechas, y otras demasiado infantiles (Es lo que tiene cuando las mejores historias se te ocurren de pequeña)
Si con el tiempo se vuelve un poco popular, seguramente me pensaré la forma de continuarlo y lo suba n.n










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