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martes, 22 de octubre de 2013

Kokoro

¡Buenas noches!

Como veréis, ya es un poco tarde, pero como tenía un poco de tiempo antes de seguir con mi rutina de estudio, decidí ponerme a escribir. Y me ha salido una historia, que en principio no quería que quedara de esa manera, pero hace tiempo que vi un vídeo con este mismo título en youtube, y no pude resistirme a plasmar el sentimiento del vídeo en papel. Así que aquí esta: 
Kokoro.

Corazón en japonés. Es una muy cortita historia, que no llevará más de tres minutos leérsela. La inspiración viene cuando viene, y bueno, como hoy he estado un poco ocupada, y ayer igual, pues así os entretengo un poco.

Esta semana tendré más tiempo para trastear con el blog, y escribir ya que con motivo de la huelga, y viendo que no vamos a dar clase, tendré más tiempo libre para dedicarme a ello. Es un poco de locos el tema de las huelgas, ¿Verdad? Nunca sabes si anteponer tus derechos a tu necesidad de asistir a clase, o al revés.
Yo siempre intento secundarlas, pero cuando hay necesidad de acudir a una clase, para mi es más importante a veces.

En fin, que me voy por las ramas. Aquí os dejo Kokoro, y espero que os guste :3

El suelo se encontraba lleno de engranajes, tuercas y tornillos, mientras el sonido de la llave inglesa retumbaba por las paredes de la sala. Era una habitación pequeña, lo suficiente espaciosa para abarcar una mesa de trabajo, una estanteria con proyectos terminados, y herramientas mal colocadas. Una silla llena de serrín se encontraba en un lateral, con la intención de que no estorbara a quién allí se encontraba trabajando.


Encima de la mesa, y muy concentrado, se hallaba un muchacho con el pelo cobrizo lleno de sudor, mientras escrutaba con sus ojos ámbar el trabajo en el que estaba tan concentrado.
Se apartó el pelo de la cara varías veces, con la intención de quitarse el sudor que le empapaba los ojos. Ante él, se encontraba una pequeña muñequita de porcelana. Los ojos de la muñeca estaba cerrados, resaltandole notablemente unas pequeñas pestañas negras como el carbón, sobre la piel pálida. Su cabello eran unos grandes rizos rubios, recogidos con un lazo en lo alto de la cabeza, y vestía un sencillo vestido azul cielo.

En su pecho, se encontraba una abertura. Un agujero con un montón de pequeñisimos cables unidos a unas diminutas pinzas. El muchacho acabó de ajustar uno de los tornillos que daban forma a la abertura, y respiró satisfecho.
Entonces se dio la vuelta y encaró a la estanteria. Rebuscó entre todo el desorden que esta contenia, y encontró una pequeña cajita que producía un sonido. Un sonido con un compás, no una melodía.

Depositó la caja en la mesa, y la abrió. Dentro, se encontraba un corazón. Un pequeño corazón que perfectamente podría caber en la abertura que la muñequita tenía en el pecho. Él sonrió, se puso unos guantes, y cogió el delicado corazón, que de alguna manera seguía latiendo, sin producir sangre alguna.
Lo colocó con mucho cuidado en el interior de la muñeca. Conectó las venas y arterias principales a las pequeñas pinzas, y una corriente electrica hizo que el corazón comenzara a bombear más deprisa.

El pecho de la muñeca comenzó a moverse, a subir y a bajar. A su vez, la respiración del chico fue contenida por este, mientras observaba como los cambios se producían en el pequeño robot que había fabricado. Apretó los labios, y entre dientes susurró:
-Vamos.. vamos…
Los párpados de la muñeca comenzaron a temblar, como si se estuviera esforzando en abrirlos. Todo el cuerpo parecía haber adquerido pulso. Y de repente, todo paró.

El corazón dejó de latir, la muñeca dejó de temblar, y el muchacho soltó un estruendoso “no”
La pequeña lámpara que colgaba e iluminaba a duras penas la habitación se había apagado, y al parecer por los gritos de reproche que empezaban a alzarse en la casa, se había ido la luz en toda ella.
El chico salió, contestando a la voz femenina que le llamaba, y cerró la puerta. En la oscuridad, el taller de trabajo parecía más escalofríante que cuando era de día y entraba un diminuto rayo de luz por el ventanuco situado encima de la mesa. En ese momento, una nube se alejó y dejó ver a la Luna llena. La luz de esta incidió sobre la muñeca durante unos instantes, para volver a ser tapada.


La estancia volvió a iluminarse con un rayo de luz. Pero esta vez, eran los azules ojos de la muñeca los que brillaban con esplandor.

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